jueves, 7 de octubre de 2010

MEZCLA PENNING. carta alcaloide 4





Ferrer

Nuestra ardilla con gafas disparaba fotos desde un árbol al gato que brincaba con cinco latas de tomates amarradas al rabo por el alambre de cianuro del cometa verde de Saturno, cuando un virus informático vórtice híspido nos zigzagueó hasta la puerta del cine Loren de una ciudad al sur de Sighisoara. Bailaban frente a la entrada junto a un violinista dos niños gitanos nativos de aquella avenida, robots descalzos de la casa de cartón. El cine estaba cerrado por defunción de las órbitas concéntricas. En el sombrero dejamos una foto del gato Warhol y una tarjeta con créditos que arreglan el mundo alejando a los archienemigos del origen de los ojos azules del Este.


La noche quieta sin el cielo de las bicicletas desbordada por los coches de luces rojas al pasar, la fina lluvia que se asoma para despedir al día. Pasear dentro de una nueva imagen de fotografía por la ciudad buscando el final de los huesos rotos. Inmutables al agua, a las señoras desnudas bajo visones atómicos nadando por las calles. “Amarcord” de Tonino, de Úrsula Iguarán. Me acuerdo, entonces, del viejo enloquecido de Riohacha que quemó la iglesia la misma noche que perdió a su esposa.


Estrujarnos un poco más para protegernos de las gentes y disfrutar de la seducción de la sonrisa nerviosa al sentir el viento de rascacielos de agua salvaje en la cara. La luz de las farolas rojas que va frunciendo la noche en el cerebro para no olvidar que en el parque de los niños nos espera un refugio que nos llevará bajo el lago soñado de Atitlán donde vestirnos con nuestros exoesqueletos de aviadores para matar a los superhéroes y acabar con los eslabones milenarios que encadenan a todos estos mundos a la muerte más incomprensible y deshonesta. Mover el Sol mil años bajo las noches sin estrellas para así restaurar nuestra verdadera conciencia eónica de contrabando para vivir sin el traumático dolor sensorial oficial.



Un beso cuando despertamos del sueño. Sabemos que es real.